El avanzar de los Muertos
Quienes llegan al otro lado deben viajar por un abismo sin fin.
Lo primero que escuché fue el sonido de unas cadenas.
No sabía de dónde provenía aquel sonido. Durante unos segundos ni siquiera comprendí que estaba caminando. Mis piernas avanzaban por sí solas, un paso detrás de otro, siguiendo un ritmo lento que parecía existir desde mucho antes de que yo despertara.
Metal.
Un paso.
Metal.
Otro paso.
Abrí los ojos.
Delante de mí caminaba una figura humana.
Al menos eso parecía.
Era alta, delgada y completamente oscura. No distinguía ropa, cabello ni piel. Solo una silueta vagamente humana recortada contra una niebla gris que cubría todo cuanto alcanzaba a ver.
Más adelante había otra.
Y otra.
Y otra.
Una fila interminable de cuerpos avanzaba frente a mí hasta desaparecer entre la bruma.
Me giré.
Detrás ocurría exactamente lo mismo.
Cientos.
Miles, quizás.
No podía saberlo.
Todas aquellas figuras caminaban en silencio.
—¿Hola?
Mi propia voz me sobresaltó.
Nadie respondió.
La silueta que tenía delante ni siquiera reaccionó.
Continuó avanzando.
Un paso.
Metal.
Otro paso.
Metal.
Fue entonces cuando vi la cadena.
Salía de la muñeca de aquella figura y descendía hasta desaparecer entre la densa niebla que cubría el suelo. Unos centímetros más adelante volvía a aparecer, extendiéndose hacia la siguiente persona.
Miré hacia atrás.
Todos estaban unidos.
Una misma cadena recorría la fila completa.
¿Dónde estoy?
Intenté detenerme.
Algo tiró violentamente de mi brazo.
Casi caí.
Bajé la mirada.
Una gruesa argolla de metal rodeaba mi muñeca izquierda. La cadena continuaba desde mí hacia la persona que caminaba delante y, detrás, hacia otra figura cuyo rostro tampoco podía distinguir.
Sentí un frío recorrerme el cuerpo.
Yo también estaba encadenado.
—Espera.
Tiré del metal.
No cedió.
—¡Espera!
La figura frente a mí siguió caminando.
Por un instante pensé en plantar los pies contra el suelo y negarme a avanzar, pero la cadena volvió a tensarse. Esta vez el tirón fue mucho más fuerte.
Di un paso.
Luego otro.
La presión desapareció.
La fila continuó.
Está bien.
Respiré.
O al menos lo intenté.
Piensa.
Tenía que recordar cómo había llegado allí.
Una habitación.
Una calle.
Un rostro.
Cualquier cosa.
Cerré los ojos.
Nada.
Intenté recordar qué estaba haciendo antes de despertar.
Nada.
Entonces busqué algo mucho más sencillo.
Mi nombre.
Seguí caminando.
La cadena arrastrándose contra el suelo.
Los pasos de miles de personas.
La niebla.
Mi nombre.
Tenía que saber mi nombre.
Abrí la boca.
Pero ninguna palabra salió.
Por primera vez desde que había despertado, sentí verdadero miedo.
No sabía dónde estaba.
No sabía cuánto tiempo llevaba caminando.
Y no podía recordar quién era.
Levanté la vista hacia la silueta que avanzaba delante de mí.
—¿Puedes escucharme?
Silencio.
Extendí la mano libre hacia ella, pero no llegué a tocarla.
La figura simplemente continuó caminando.
¿Qué estaba pasando?
¿Dónde estaba?
Comencé a observar el lugar con mayor atención.
La niebla gris cubría completamente el suelo. Era tan densa que ni siquiera podía distinguir mis propios pies mientras avanzaba.
A cada lado se elevaban enormes muros de piedra.
No podía calcular su altura.
Sus superficies estaban cubiertas parcialmente por humedad y musgo, y a intervalos regulares había antorchas cuyas llamas verdes iluminaban débilmente el camino.
Pero lo que más me inquietaba era el techo.
O, mejor dicho, su ausencia.
Levanté la cabeza todo lo que pude, pero los muros ascendían tanto que terminaban perdiéndose entre las sombras.
No lograba distinguir un cielo.
Tampoco un techo.
Nada.
Solo oscuridad.
Por un momento imaginé qué clase de criatura necesitaría un pasillo de semejantes dimensiones para desplazarse cómodamente por él.
La idea consiguió que me estremeciera.
Mientras mi mente intentaba comprender aquel lugar, mi cuerpo continuaba avanzando casi en automático.
Un paso.
Metal.
Otro paso.
Metal.
Las cadenas creaban un ritmo constante dentro del enorme corredor.
Miles de figuras avanzábamos en una fila que, comparada con aquellas paredes colosales, no parecía más importante que una hilera de hormigas.
Intenté hablar nuevamente.
—¿Alguien puede escucharme?
Nada.
—¿Saben dónde estamos?
Silencio.
La persona delante de mí no giró la cabeza.
La de atrás tampoco.
Durante un tiempo continué haciendo preguntas.
Después dejé de intentarlo.
Nadie respondía.
No sabía si no podían escucharme, si no podían hablar o si simplemente habían renunciado a hacerlo.
El tiempo comenzó a perder significado.
Horas.
Días.
Quizás semanas.
No tenía manera de saberlo.
Seguíamos caminando.
No había amanecer.
No había noche.
Las llamas verdes permanecían siempre iguales.
Un paso.
Metal.
Otro paso.
Metal.
Lo más extraño era que nunca sentía hambre.
Tampoco sed.
No necesitaba dormir.
Mis piernas no se cansaban.
Mi respiración no se agitaba.
Podíamos llevar días caminando y mi cuerpo continuaba exactamente igual que cuando había despertado.
Eso me obligó a enfrentar una idea que llevaba demasiado tiempo intentando ignorar.
¿Sigo vivo?
La pregunta permaneció en mi cabeza durante quién sabe cuánto tiempo.
Intenté sentir el latido de mi corazón.
No estaba seguro de encontrarlo.
Me llevé una mano al pecho.
Nada.
O quizá sí.
Ya ni siquiera sabía qué se suponía que debía sentir.
Seguí caminando.
¿Qué otra cosa podía hacer?
En aquel lugar no existían caminos alternativos.
No había puertas.
No había ventanas.
Solo el corredor.
Las cadenas.
Y aquella interminable procesión.
Con el paso del tiempo comencé a observar a las otras figuras para evitar perder la cordura.
Todas parecían humanas, aunque resultaba difícil asegurarlo bajo aquella oscuridad que las envolvía.
Algunas eran altas.
Otras pequeñas.
Algunas caminaban encorvadas.
Otras mantenían la espalda completamente recta.
Pero ninguna hablaba.
Ninguna lloraba.
Ninguna intentaba escapar.
Eso era quizás lo que más me inquietaba.
Yo parecía ser el único que todavía se preguntaba qué estaba pasando.
Hasta que algo cambió.
Al principio pensé que mi mente estaba engañándome.
Una forma diferente apareció entre la niebla, muy lejos, al frente.
Parpadeé.
Seguía allí.
Con cada paso se hacía un poco más grande.
Era un muro.
No.
Una puerta.
Sentí una emoción que casi había olvidado.
Después de una eternidad caminando sin encontrar absolutamente nada, finalmente había algo diferente.
Algo nuevo.
Las gigantescas puertas se alzaban al final del corredor, construidas con gruesas placas de madera reforzadas por piezas metálicas.
Eran tan grandes como los propios muros.
¿Será este el final?
La idea hizo que acelerara instintivamente el paso, aunque la cadena no me permitía adelantar a nadie.
Solo podía esperar.
La distancia se reducía lentamente.
Horas después logré distinguir algunas figuras junto a las puertas.
Eran soldados.
Al menos tenían una forma semejante a la de un soldado.
Vestían extrañas armaduras hechas de madera oscura y permanecían inmóviles a ambos lados de una pequeña entrada construida dentro de las puertas gigantescas.
Observé atentamente lo que sucedía.
Cuando la primera persona de la fila llegaba hasta ellos, uno de los soldados retiraba la argolla de su muñeca.
El otro abría la pequeña puerta.
La figura cruzaba.
La puerta se cerraba.
La siguiente avanzaba.
Una por una.
La cadena que nos había mantenido unidos durante toda aquella eternidad era retirada justo antes de cruzar.
Mi turno se acercaba.
Con cada persona que desaparecía detrás de aquella puerta sentía crecer la ansiedad.
Había deseado durante tanto tiempo llegar al final que nunca me había preguntado qué podía encontrar allí.
Quizás la procesión era la parte sencilla.
Quizás lo peor todavía estaba esperando.
Finalmente quedaba una sola persona delante de mí.
Los soldados retiraron su cadena.
La puerta se abrió.
La silueta desapareció.
Entonces me hicieron avanzar.
Me detuve frente a ellos.
Por primera vez pude observarlos de cerca.
Sus rostros permanecían completamente inexpresivos.
Uno tomó mi brazo.
Me tensé.
Pero no hizo más que tocar la argolla.
El metal se abrió inmediatamente.
Después de tanto tiempo, mi muñeca estaba libre.
La sensación fue extraña.
Levanté la mano y la moví lentamente, casi esperando sentir nuevamente el tirón de la cadena.
Nada.
El segundo soldado abrió la puerta.
Oscuridad.
No podía ver qué había al otro lado.
Miré a los soldados.
—¿Tengo que entrar?
Ninguno respondió.
Miré nuevamente hacia la oscuridad.
Oponerme no parecía una opción.
Crucé el umbral.
La puerta se cerró detrás de mí.
El sonido retumbó por toda la habitación.
Me quedé inmóvil.
Aquello no era simplemente una habitación.
Era una sala gigantesca.
Mucho más grande incluso que el corredor por el que había caminado.
Antorchas de fuego verde iluminaban columnas de piedra que ascendían hacia una oscuridad interminable.
Y frente a mí había un trono.
Un trono enorme.
Tan grande que durante unos segundos no comprendí lo que estaba observando.
Después vi a la criatura sentada sobre él.
Retrocedí instintivamente.
Era gigantesca.
Ahora comprendía las dimensiones del corredor.
Aquellos pasillos no habían sido construidos pensando en humanos.
Habían sido construidos para él.
El ser permanecía inmóvil sobre el trono, cubierto por una larga túnica oscura.
A ambos lados había otros dos asientos mucho más pequeños.
De tamaño humano.
Dos figuras ocupaban aquellos lugares.
No podía distinguirlas con claridad, pero sus cuerpos parecían humanoides.
Miré alrededor buscando otra salida.
No había ninguna.
La puerta detrás de mí estaba cerrada.
Frente al gran trono había un círculo grabado en el suelo que emitía una débil luz verdosa.
No necesitaba que nadie me explicara qué debía hacer.
Avancé.
Cada uno de mis pasos resonó dentro de la sala.
Cuando llegué al círculo me detuve.
La luz bajo mis pies aumentó ligeramente.
Entonces la enorme figura del trono se movió.
Su voz hizo vibrar toda la habitación.
—Felialuin Deriveh.
Me quedé inmóvil.
Sentí algo extraño.
Aquel nombre.
No sabía de dónde lo conocía.
Felialuin.
Mi mente buscó desesperadamente algo a lo que aferrarse.
Un rostro.
Una voz.
Una imagen.
Nada.
Pero aun así...
Lo sabía.
—¿Ese... es mi nombre?
La figura permaneció en silencio durante unos segundos.
—Sí.
Felialuin Deriveh.
Repetí aquellas palabras dentro de mi cabeza.
Felialuin.
No sabía quién había sido aquel hombre.
Pero sabía que era yo.
Por primera vez desde que desperté, había recuperado algo.
Mi nombre.
El enorme ser levantó una mano y retiró lentamente la capucha que cubría su rostro.
Retrocedí un paso.
Bajo ella no había un rostro humano.
Un cráneo gigantesco me observaba desde lo alto.
Dentro de sus cuencas ardían intensas llamas verdes.
—Este será tu juicio —declaró.
Sentí que todo mi cuerpo se paralizaba.
La criatura inclinó ligeramente la cabeza.
—Mi nombre es Mortem. Custodio de los muertos y soberano del otro mundo.
La palabra golpeó mi mente con mayor fuerza que cualquier otra.
Muertos.
Observé mis manos.
Recordé que no sentía hambre.
Ni sed.
Ni cansancio.
Recordé las miles de figuras encadenadas.
La interminable procesión.
La pregunta que llevaba tanto tiempo evitando finalmente obtuvo respuesta.
Estaba muerto.
No sabía cómo.
No sabía cuándo.
Pero estaba muerto.
Mortem continuó.
—Felialuin Deriveh. Has muerto en batalla protegiendo tu reino.
Algo dentro de mi mente reaccionó.
Una sensación.
El sonido lejano del metal chocando contra metal.
Gritos.
Tierra.
Después desapareció.
—Fuiste un hombre amable —continuó Mortem—. Aunque tomaste la vida de incontables soldados enemigos, lo hiciste en batalla, enfrentando a quienes, al igual que tú, habían aceptado que aquel día podía ser el último.
La silueta sentada a la izquierda habló.
Su voz era mucho más tranquila.
—Fuiste amable con los humanos.
La figura de la derecha añadió:
—Y respetuoso con los animales.
Miré a ambos, pero antes de poder preguntar quiénes eran, Mortem volvió a hablar.
—Tus actos han sido juzgados.
Levantó lentamente una mano y señaló hacia mí.
—Eres digno de regresar.
Fruncí el ceño.
—¿Regresar?
—Reencarnarás en un futuro cercano.
No sabía cómo sentirme.
Acababa de descubrir que estaba muerto y ahora me informaban que volvería a vivir.
Mortem apoyó nuevamente su enorme mano sobre el trono.
—Como reconocimiento a la vida que has llevado, te concederé tres preguntas antes de que tu alma continúe hacia la reencarnación.
Tres preguntas.
Miles aparecieron inmediatamente en mi mente.
¿Quién había sido?
¿Dónde había vivido?
¿Tenía familia?
¿Alguien me esperaba?
Pero había una que necesitaba responder antes que cualquier otra.
—¿Cómo morí?
Mortem no mostró reacción alguna.
—Fuiste asesinado por la espalda por un miembro de tu propio escuadrón.
Sentí que algo se apretaba dentro de mí.
—¿Uno de los míos?
—Sí. Era un espía del ejército enemigo.
Cerré los ojos.
Intenté recordar.
Por un instante vi una sombra.
Una persona caminando cerca de mí.
Una voz conocida.
Después...
Nada.
Abrí los ojos nuevamente.
Quizás debería haber sentido odio.
Quizás rabia.
Pero resultaba difícil odiar a alguien cuyo rostro ni siquiera podía recordar.
Solo sentía una profunda tristeza.
Había muerto confiando en alguien que me había traicionado.
Respiré lentamente.
Me quedaban dos preguntas.
Miré alrededor.
—¿Qué es este lugar?
—El Tribunal del Otro Mundo —respondió Mortem—. Todas las almas llegan aquí después de atravesar el camino de las cadenas. Sus actos son juzgados y, según la vida que hayan llevado, decidimos qué ocurrirá con ellas.
Recordé las miles de figuras detrás de mí.
—¿Todas son juzgadas?
—Todas.
Miré hacia la enorme puerta por la que había entrado.
Quizás, en aquel mismo momento, la fila continuaba avanzando.
Otra alma esperando su turno.
Otra persona intentando recordar quién había sido.
Entonces recordé algo que Mortem había dicho.
Reencarnar.
Pero...
¿Y si no quería hacerlo?
Tenía una última pregunta.
—¿Qué ocurre si no deseo reencarnar?
Mortem permaneció en silencio.
Por primera vez pensé que quizás había desperdiciado mi última pregunta.
Finalmente respondió.
—Entonces puedes quedarte.
Levanté la vista.
—¿Aquí?
—No en este tribunal. Más allá de estas puertas se encuentra el Edén. Allí las almas pueden descansar y permanecer como espíritus libres.
Miré hacia las dos figuras sentadas junto a él.
—Entonces... ¿esas son mis únicas opciones?
—Para ti, sí.
Reencarnar.
O permanecer en el Edén.
Mortem inclinó ligeramente la cabeza.
—Has hecho tus tres preguntas. Ahora debes decidir.
Silencio.
Miré mis manos.
Felialuin Deriveh.
Ese había sido mi nombre.
Había tenido una vida.
Amigos, seguramente.
Quizás una familia.
Personas que había amado.
Personas que me habían amado.
Pero no podía recordar ninguna de ellas.
Si permanecía en aquel mundo, quizás algún día recuperaría aquellos recuerdos.
Quizás podría encontrar a otras personas que había conocido.
Tal vez podría descansar.
Pero algo dentro de mí se resistía a detenerse.
Había caminado durante quién sabe cuánto tiempo para llegar hasta allí.
Había muerto.
Y aun así me estaban ofreciendo comenzar nuevamente.
Otra vida.
Otro nombre.
Otra oportunidad.
Levanté la cabeza.
—Deseo reencarnar.
Mortem permaneció inmóvil.
Después asintió.
—Muy bien.
El círculo bajo mis pies comenzó a brillar.
La luz verde fue reemplazada lentamente por una claridad blanca.
Sentí una extraña paz.
El miedo desapareció.
También la angustia.
Las enormes paredes comenzaron a desvanecerse.
Mortem.
Los tronos.
Las antorchas.
Todo desapareció detrás de aquella luz.
Cerré los ojos.
Durante un instante no hubo nada.
Ni cadenas.
Ni pasos.
Ni voces.
Solo silencio.
Entonces escuché un sonido.
Una voz.
Era suave.
Cálida.
Abrí los ojos.
Sobre mí había un rostro.
Una mujer.
No sabía quién era.
No sabía dónde estaba.
Pero me sostenía entre sus brazos con una delicadeza que provocó una sensación que creía haber olvidado.
Intenté hablar.
Quería preguntarle su nombre.
Quería preguntarle dónde estaba.
Quería decirle que yo era Felialuin Deriveh.
Pero mi boca no respondió como esperaba.
De ella salió únicamente un llanto.
La mujer sonrió.
Me acercó contra su pecho.
Y mientras escuchaba el latido de su corazón, comprendí que el nombre de Felialuin comenzaba lentamente a alejarse de mí nuevamente.
Cerré los ojos.
Por primera vez desde que había despertado entre las cadenas, ya no tuve miedo.